Nada hay tan engañoso como el corazón.
    No tiene remedio.
    ¿Quién puede comprenderlo?

Jeremías 17:9

 

Dios había enviado a 12 hombres a reconocer el terreno de la tierra prometida. Era un desafío. Habían sido escogidos los más fuertes, los más arriesgados, los que siempre daban la cara. La salida fue una fiesta, como lo fue la llegada. Pero la cara de 10 de ellos no hablaba de lo magnifico de la promesa cumplida. Y al comenzar a hablar, las cosas sin duda empeoraron. Solo dos de los doce tenían buenas noticias.

Cada vez que leo o recuerdo la historia de los espías, pienso en que si hubiese sido yo, hubiera sido Caleb o Josué. Que jamás seria uno de los que dio las malas noticias, o que vieron solo las cosas negativas en la tierra prometida.  Pero pensándolo bien, quizá habría estado con los 10 miedosos que decidieron solo dejarse llevar por lo grande del problema y no por las promesas recibidas.

Cuando comparamos las dos acciones, nos podemos convencer de que 2 hombres fueron con la motivación correcta, y 10 fueron con la motivación incorrecta. La motivación de Josué y Caleb les permitió actuar con valentía. Ellos estaban listos para entrar a la tierra prometida, ellos estaban listos para esforzarse y hacer lo que tuvieran a la mano por hacer. Los 10 espías malos solo pudieron actuar con cobardía, solo vieron lo malo, solo pudieron verse a sí mismos y darse cuenta de lo incapaces que eran para asumir retos grandes.

Las motivaciones no son solo aquellas que nos impulsan a hacer las cosas. Las motivaciones también nos impulsan a no hacer nada. Y esto fue lo que le paso a los 10 espías. Cercados por el miedo y por la realidad de sus deficiencias, decidieron que era mejor NO hacer nada, no actuar y esperar que Dios facilitara las cosas.

Su corazón solo decía, es demasiado: NO PUEDEN HACERLO!...y allí estaban paralizados de miedo y logrando que todo el pueblo de Israel se paralizara junto con ellos. La fuerza de lo que motiva nuestras actitudes con frecuencia corrompe a quienes están a nuestro alrededor. Cuando el miedo, o la incapacidad, o el egoísmo o el dolor  nos invaden y se convierten en el motor de nuestras acciones nos paralizamos, y los que están con nosotros también lo harán. 

El pueblo no tardo en ver la obra de Dios cuando cayeron los muros de Jericó. Pero lo que motivo a los 10 espías retraso el cumplimiento de la promesa.

Señor, que no hayan miedos en mi, ni dolor, ni egoísmo que impida que tus propósitos en mi sean cumplidos. Yo quiero ser un agente de cambio. Amén.”

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