Cuando era niña tomé la primera decisión importante de mi vida, y dije el primer “No”. Sé que resulta extraño que una buena decisión empiece con un No; pero si eres como yo.- Un hijo de Dios propenso a aprender a las malas.- entenderás que esa palabra vale mucho cuando la dices a tiempo. Hace algunos días dije el tercer No más importante de mi vida; le di una negativa a una oportunidad que estaba fuera del tiempo y de la voluntad de Dios.

      “Lo que tienes frente a ti ahora no es una puerta,  es un portón” me dijo sorprendido, y mientras lo pensaba era eso lo que estaba enfrentando, un gran portón que podría impulsar mi carrera a otro nivel e incluso podría ayudarme a lograr lo que deseo.- Publicar mi primer libro.-, pero ¿a qué costo debía hacerlo? y ¿qué resultados traería luego?; ese par de preguntas me las hice por espacio de dos semanas en las que me vi envuelta en dudas muy razonables, y dentro de las cuales siempre existía un  “¿y por qué no?” que me hacía considerarla con mucho deseo; oré durante esas semanas esperando un mensaje extrasensorial que me dijera “Sí hija puedes hacerlo”, y resultó que todo lo que oía era una interferencia y un NO en letras mayúsculas con mucho énfasis; para entonces ya había consumido una parte de mi tiempo “pensando” sin dar una respuesta. Llegado el sábado fui a mi reunión acompañada de mi pastor.- Mi papá.- y esperé a oír la última confirmación de Dios.

     “... Benditos son los que no se sienten culpables por hacer algo que han decidido que es correcto.” Romanos 14:22b (NTV)

  1. -Y créanme cuando lo digo.- podrá igualar el gozo de cuando salí por el portón.- Literal.- de mi oportunidad, después de que la persona que me había propuesto me dijera “No es la única que pierde una gran oportunidad como ésta, no se lamente después” estaba completamente tranquila de lo que había hecho estaba bien. Sé que no existía en la oportunidad un ápice de algo corrupto, pero, Dios no planeaba eso para mí, y es a esa voluntad a la que me aferro.

     Pablo nos enseña en esa porción de Romanos que la verdadera tranquilidad del alma está en confiar en que lo que Dios pide que hagamos está más que correcto

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